En mi casa
me enseñaron bien.
Cuando yo
era un niño, en mi casa me enseñaron a honrar dos reglas sagradas:
Regla N° 1:
En esta casa las reglas no se discuten.
Regla N° 2:
En esta casa se debe respetar a papá y mamá.
Y esta regla
se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutía...
Ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía a raya con la simple
amenaza: “Ya van a ver cuando llegue papá”. Porque las mamás estaban en su
casa. Porque todos los papás salían a trabajar... Porque había trabajo para
todos los papás, y todos los papás volvían a su casa. No había que
pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la autoridad de
papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá) era razón
suficiente para cumplir las reglas.
