Las
dificultades que enfrenta la juventud latinoamericana para transitar desde la
educación al empleo (y desde la dependencia hacia la autonomía económica) son
conocidas. Por cierto, hay fuertes
brechas al interior de la propia población joven según origen socioeconómico,
espacial y étnico-racial en cuanto a sus logros educacionales (años de escolaridad,
conclusión de ciclos formales) y a sus aprendizajes efectivos en la
escuela. Estas brechas determinan en
fuerte grado sus trayectorias ocupacionales posteriores, lo que estructura o
reproduce fuertes desigualdades a lo largo del ciclo de vida y de una
generación a la siguiente.
La educación
constituye el principal mecanismo para acumular capital humano y tener buenas
oportunidades de acceso al empleo en las trayectorias de vida. A la vez es el expediente para contar con
tasas de retorno a lo largo de la carrera laboral, que impliquen ingresos y
consiguiente acceso a bienestar. Y cada
vez más, capital cultural y capital humano son los activos para participar de
los códigos culturales que hacen de fuelle entre tradición y cambio, ejercer
ciudadanía activa y comunicarse en la sociedad de la información. Poca o mala educación es, por tanto,
aguafiestas de la inclusión social.













